Gobernar sin hegemonía: del poder absoluto al poder relacional

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Polis Analítica

1/27/20265 min read

Red global de conexiones estratégicas que representa la interdependencia y el poder relacional
Red global de conexiones estratégicas que representa la interdependencia y el poder relacional

La concepción tradicional del poder estatal, fundamentada en la acumulación de recursos materiales como el poderío militar y el tamaño del Producto Interno Bruto (PIB), se ha revelado como una métrica anacrónica e insuficientemente sofisticada para descifrar el orden global contemporáneo. Como ha señalado la politóloga Sandra Borda G. en diversos análisis sobre poder y liderazgo internacional, medir el poder en términos absolutos ignora la capacidad real de un Estado para transformar sus recursos en los resultados deseados.

La paradoja central de la geopolítica del siglo XXI es la creciente impotencia del poder absoluto. Esto nos obliga a plantear una pregunta fundamental: ¿por qué la eficacia de un Estado en el escenario global actual ya no depende de lo que “tiene”, sino de su capacidad para influir, coordinar y liderar dentro de complejas redes de relaciones?

Las Tres Caras del Poder: De lo Material a lo Relacional

Para comprender esta transición, es necesario diferenciar tres conceptos clave que definen la naturaleza del poder en el sistema internacional.

** Poder Absoluto: La Métrica de la Fuerza Bruta

El poder absoluto es la concepción tradicional del poder, basada en la acumulación de recursos materiales cuantificables. El ejemplo más claro es el gasto militar de Estados Unidos, que concentra el mayor presupuesto de defensa del mundo, con una diferencia significativa respecto de cualquier otro país.

Este paradigma mide la fuerza en bruto —el tamaño del ejército, el PIB, los recursos naturales— pero ignora un factor crucial: la capacidad de traducir dichos recursos en influencia real y resultados políticos concretos. Es una métrica de posesión, no de efectividad.

** Poder Estructural: Escribiendo las Reglas del Juego

Más allá de la fuerza bruta se encuentra el poder estructural: la capacidad de dar forma a las normas, reglas e instituciones que organizan el sistema internacional. Estados Unidos ejerció este poder de manera decisiva al liderar la arquitectura institucional posterior a 1945, conocida como el “orden liberal internacional”.

Este tipo de poder no se ejerce mediante la coerción directa, sino estableciendo los términos del juego. En la práctica, quien diseña las reglas tiende a beneficiarse de ellas, incluso sin recurrir al uso explícito de la fuerza.

**Poder Relacional: La Capacidad de Influir y Liderar

El poder relacional es el concepto central para analizar el escenario actual. En la formulación de Sandra Borda G., se trata de la habilidad de un Estado para transformar el poder material en influencia, liderazgo y legitimidad.

Es la capacidad de alcanzar objetivos a un costo menor, preferentemente a través de la disuasión, la coordinación y la persuasión antes que mediante la coerción directa. En un mundo interconectado y fragmentado, la densidad de relaciones, alianzas y consensos se convierte en la métrica de poder más relevante.

El Ocaso de la Hegemonía y el Ascenso de “los Otros”

La transición hacia el poder relacional está íntimamente ligada al declive de la hegemonía unipolar clásica y al surgimiento de un orden global más distribuido.

Un argumento clave, popularizado por Fareed Zakaria y retomado por Borda, es el del “ascenso de los otros”: nuevas potencias estatales como China, India o Brasil, junto con actores no estatales, han alterado la distribución del poder global. Este fenómeno erosiona la centralización y el control que una única superpotencia podía ejercer, dando paso a un sistema más fragmentado y competitivo.

Los límites de la intervención militar directa son una manifestación clara de este cambio. Los casos de Irak, Libia y Afganistán muestran cómo una superioridad militar abrumadora no se traduce en influencia sostenible ni en capacidad de moldear resultados políticos duraderos. Estas experiencias marcaron el punto de inflexión del paradigma del poder absoluto y expusieron sus límites estructurales.

Como resultado, el sistema internacional actual se encuentra, en palabras de Borda, “en transición” y lejos de constituir un tablero estable y predecible. Las métricas tradicionales del poder ya no alcanzan para explicar ni para gobernar esta nueva realidad.

Las Nuevas Arenas del Poder: Redes, Normas e Instituciones

El declive del poder absoluto no creó un vacío, sino una nueva arena de competencia. En ella, las divisas del poder ya no son las divisiones militares, sino los marcos normativos, la influencia institucional y la capacidad de construir coaliciones flexibles.

La Unión Europea ejemplifica este desplazamiento a través de su poder normativo. Su agenda de transición energética no es solo una política climática, sino un intento deliberado de establecer estándares tecnológicos y regulatorios globales, reduciendo así la dependencia estratégica de recursos fósiles controlados por otros actores. En este sentido, la política energética funciona como una extensión contemporánea del poder estructural.

Las potencias medias también han demostrado una creciente sofisticación en este entorno. El liderazgo de Japón para rescatar el Acuerdo Transpacífico (TPP) tras la retirada de Estados Unidos es un ejemplo claro de poder relacional: mediante diplomacia y coordinación, Tokio preservó una arquitectura comercial basada en reglas en ausencia del antiguo hegemón.

Esta lógica explica también el auge del minilateralismo. Formatos como el Quad o AUKUS no reflejan debilidad, sino el reconocimiento de que, en un sistema reticular, la influencia se construye a través de coaliciones de propósito específico, no mediante acciones unilaterales.

Implicancias Estratégicas: Nuevas Reglas para Viejos y Nuevos Actores

Este cambio de paradigma redefine las estrategias disponibles para los distintos tipos de actores internacionales.

Grandes potencias (ej. Estados Unidos)
Su desafío central es convertir su legado de poder absoluto en poder relacional efectivo. El unilateralismo y la diplomacia coercitiva han demostrado ser costosos y contraproducentes. La eficacia depende ahora de su capacidad para liderar alianzas, construir legitimidad y operar dentro de marcos multilaterales flexibles.

Potencias medias y organizaciones regionales (ej. Japón, UE)
Su influencia se amplifica al posicionarse como garantes del derecho internacional y promotores de nuevas regulaciones globales. Como señala un análisis de Chatham House, para los países que no son superpotencias, la adhesión a normas y reglas no es idealismo, sino el fundamento práctico de relaciones estables y previsibles.

Gobernar en un Mundo sin un Único Gobernante

La era del poder entendido como posesión material ha terminado. En el escenario post-hegemónico actual, la fortaleza de un Estado se mide menos por el tamaño de su arsenal que por la calidad y densidad de sus relaciones.

No estamos simplemente ante una transición gradual, sino frente a una nueva “física política”: la influencia debe ser construida, negociada y sostenida dentro de redes complejas. El concepto de autogobierno, en este contexto, no es una aspiración normativa, sino una descripción realista de un mundo donde la gobernanza ya no puede ser dictada, sino coordinada.

Este análisis integra las tesis de McCarthy, Offe y Sandra Borda G. con casos de estudio contemporáneos —Afganistán, el rescate del TPP y la transición energética de la Unión Europea— para evaluar la vigencia de estos marcos teóricos en la práctica global. El contenido ha sido contrastado con fuentes documentales y análisis publicados en el marco de los acontecimientos internacionales del 27 de enero de 2026.

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