Los gobernadores ingresan a la mesa con un guion claro: previsibilidad de recursos, obras prioritarias, y un aterrizaje ordenado de las reformas. El Gobierno propone equipos técnicos y tratar el Presupuesto 2026 como paraguas común; la oposición dialoguista pide garantías y cronograma.
El encuentro dejó instalado un método: “presupuesto primero, reformas después”. Con esa lógica, Nación y provincias acordaron abrir grupos de trabajo que acerquen posiciones y eviten sorpresas cuando los proyectos lleguen al Congreso. La idea es que cada capítulo —laboral, tributario y de Estado— llegue con su ficha de impacto para cada jurisdicción.
¿Qué pide el interior? Previsibilidad de caja (coparticipación y transferencias), priorización de obras críticas y claridad sobre el costo de las reformas en sus presupuestos. El clima fue de disposición a negociar, pero con una advertencia transparente: sin números finos, no hay cheque en blanco. De ahí la insistencia en la “letra chica” y en un calendario que evite shocks administrativos.
Del lado del Gobierno, la apuesta es capitalizar el envión político poselectoral para impulsar cambios de reglas que, aseguran, mejorarán la inversión y el empleo. La “mirada fiscal” será ineludible: el presupuesto definirá cuánto espacio queda para alivio tributario, cómo se financian obras y cuál es el sendero para el equilibrio que defiende Economía. La cumbre de hoy fue leída como un paso en esa dirección.
La foto de 20 gobernadores en Balcarce 50 funcionó como gesto de normalización después de meses ásperos. A la vez, la ausencia de mandatarios opositores de peso —como el bonaerense— recordó que la construcción de acuerdos será caso por caso. En los próximos días, el termómetro pasará por el nivel técnico: si hay borradores y planillas circulando, el diálogo habrá encontrado carril. Si no, la política volverá al cortocircuito.
Conclusión
La cumbre dejó una hoja de ruta posible: Presupuesto 2026 como ancla, reformas con impacto fiscal explicitado y un sistema de seguimiento que baje la política a planillas. Si ese protocolo se cumple, el Congreso tendrá más incentivos para ordenar la discusión. Si no, el “efecto foto” se agotará rápido y volverá la aritmética difícil.